lunes, 28 de junio de 2010

Parcial

Duerme el dios en el mostrador de desnudos que, cordiales se facilitaron, cuerpo y si es que es posible, alma. Duerme con la boca pegada al vidrio, babeando. No contaminó la historia de los cuerpos. Sueña que es él quien da de beber a los sedientos. Se vanaglorea de lo que pueden hacer sus manos. De un poco de barro, mil mujeres al hilo. ¡Duerme tan tranquilo!
El dios se despierta por un pequeño sonido que uno de sus becerros desnudos aulló. Camina en son de clemencia y regala un trozo de su tiempo. Y como el tiempo es inmortal, así la vida se torna.
El pequeño dios no se expande ni se multiplica. No llega a los cuerpos, mantene sólo un pequeño aliento. Vende a sus niñas en el mostrador. ¿Cuánto por un pedazo de pierna? ¿Cuánto por la cabeza? Desde luego, no interesa.
El hedonismo le funciona. Aunque fracture su, si es posible, alma.
El pequeño dios llora. El pequeño mira cómo se llevan su mercancía. El pequeño burgués llora. El hombre ya se ha muerto, hace tiempo ¿Qué le hacen las aguas a los peces? ¿Qué le hace la pólvora al fuego? ¿Qué le hace la herida a la sal?
El agua apaga el fuego y ellas son el agua que se entibia cada vez que te acercas. Las enciendes una por una con tu pequeño corazón y te ries de el estúpido tornado que lacera sus vientres.
Ellas se vuelven locas por un poco de amor. Lloran hacia tu rostro indefenso de pequeño niño, sin sospechar que todo es parte de tu pequeño plan. Superhombre encarnado.
Dios que no sabe ser dios.
Caminas sugiriendo un abrazo, levantas manos. Cómo iban a saber que atrás del tu torso se escondía en cada espalda un cuchillazo. Aquél día procreas, el otro derrumbas. Y los cuerpos verdosos de nieve, indolentes, arremetieron contra tu pobre carita.
Qué pena, que dolor. No fue suficiente. Ellas sangraron diez días más que jesús. Ellas, sinceras como muñecas de cera, mataron su creador. Y el dios llora, y el dios ríe. Y no se entera de que yo lo estoy mirando.


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